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Somos o no somos

(Por Tina Hernández)

Los niños de hoy no son muy diferentes a los niños de hace cien años, la evolución de las especies conlleva mucho más tiempo del que imaginamos. 

A pesar de los avances e inventos tecnológicos que hoy disfrutamos, y que son producto del desarrollo del ser humano, estos no implican un cambio esencial dentro de la propia evolución, es decir, que química y biológicamente, las necesidades e intereses esenciales del hombre de hoy, no distan de las del hombre de antaño, aunque nuestras circunstancias sean abismalmente distintas. Esta idea nos refracta el espejismo de tener niños hoy en día, con distintas guías esenciales.  

Aunque suene anacrónico, la esencia del ser humano no está sujeta a tiempo y/o a espacio. Desde tiempos remotos, el hombre ha sido guiado e impulsado por directrices internas que han facilitado, contra viento y marea, su arraigo en este planeta.  

El niño, silo de la humanidad, viajero en el tiempo, traspasando vendavales de ignorancia, explotación, maltrato y subestimación, y gracias a su naturaleza resiliente, sigue siendo el constructor del hombre de hoy.   

Agente activo en sus propios procesos de desarrollo, el niño precisa de un trabajo con propósito inteligente, mediante experiencias enriquecedoras que le permitan interactuar con su entorno para modificar su pensamiento y su hacer, y de esta manera transformar el mundo en el que vive y adaptarse a él.

 

María Montessori observó que los niños nacen con necesidades básicas que precisan desarrollar y ejercitar, y que se manifiestan a lo largo de cada plano de desarrollo, independientemente del género, raza, cultura, religión o época. 

 

El ser humano construye su propio andamiaje a través de procesos y ciclos propulsados por vivencias conectadas a sus tendencias: la exploración, el orden, la abstracción, el trabajo, la repetición y la observación, entre otras. Las habilidades, así como los logros, no aparecen de la noche a la mañana o en una fecha determinada, cada uno tiene su tiempo y su manera de expresarse; todas las adquisiciones se cocinan a fuego lento y forman parte de un proceso basado en el interés, la motivación, la determinación y el ritmo personal. 

 

El Método Montessori se ocupa de cada etapa, de cada ciclo, respetando el interés y las necesidades de desarrollo, ofreciendo a los niños la posibilidad de reencontrarse con espacios que provoquen y favorezcan los periodos de concentración, el trabajo con secuencias lógicas, el respeto a la diversidad, el cultivo de virtudes esenciales que le permitan lidiar con sus emociones y retos, la posibilidad de repetir las experiencias hasta hacerlas suyas, creando y encontrando patrones que construyan su orden externo e interno.

 

¿Cuál es nuestra prerrogativa al enfrentar los desafíos de un mundo globalizado, cuando nos enlistamos en un maratón de necesidades adquiridas, de gratificaciones inmediatas, de resultados sin procesos, arrodillándonos ante falsos profetas y promesas rotas? Olvidamos que los niños nos observan, nos escuchan y nos replican. 

Cada adquisición que el niño integra, se convierte en una herramienta que utiliza en el presente y lo preparara para el futuro inmediato; nosotros reconocemos los procesos más allá de las diferencias culturales, religiosas, de género y/o económicas, porque el niño es único e irrepetible, y trae consigo todo el bagaje de la esencia de la vida misma. Cada conquista es el fruto de la evolución, del ensayo y del error, de los procesos y de los ciclos, como la suma de todos, y principalmente la de su propio trabajo.

 

En Montessori de la Condesa preparamos los ambientes para que los procesos surjan de manera natural, respetando los ciclos de la vida; tenemos fe en el niño más allá de su propia resistencia, creemos en la magia que puede detonar un Guía oportuno, creativo, que piense fuera de la caja; confiamos en las familias que se comprometen consigo mismas, estableciendo desde sí, hábitos y rutinas que promuevan una crianza inteligente.

 

Este ambiente preparado integra diversos elementos: el espacio físico, el mobiliario, la intervención humana, social y cultural de los adultos a cargo, y el método que aplican para compartir sus conocimientos y saberes, la compañía y el respeto por el ritmo y el tiempo que cada quien necesita, el respeto por los ciclos de trabajo ininterrumpido que le permitan obedecer sus tendencias humanas, así como construirse a través de procesos y hacer suyos los aprendizajes y habilidades.

 

El trabajo para el niño tiene una connotación muy diferente a la del adulto; mientras que para éste el trabajo puede representar una actividad asociada con el sufrimiento, el cansancio o el tedio, el niño lo busca como parte de su propia naturaleza, y a través de él construye su dignidad, su independencia, autoestima y libertad.

 

Con base en las anteriores consideraciones, es un reto y obligación para el Guía Montessori preservar el tiempo ininterrumpido de trabajo de los niños para favorecer su atención, concentración y repetición, pero sobre todo el gozo que experimenta, que es producto del interés auténtico, del propio esfuerzo y de las conquistas adquiridas. De la misma forma, la asistencia y puntualidad para traer a los chicos a la escuela, se convierte en un compromiso por parte de los padres y madres, quienes permitirán formar en sus hijos hábitos y rutinas que los llevarán a autorregularse.

 

Los niños de hoy, tal como nuestros padres, nuestros abuelos y nosotros mismos lo hicimos, están construyendo de manera invisible y silenciosa su carácter y personalidad, y requieren para ello de toda nuestra admiración y respeto.

 

 

 

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